Hay una violencia silenciosa en Isaías 53 que suele pasar desapercibida cuando el texto es domesticado por lecturas devocionales. No se trata solo de que el siervo sufra; se trata de que su sufrimiento es socialmente producido y teológicamente ignorado. “Como uno de quien los hombres esconden el rostro” (Is 53,3) no describe únicamente una reacción psicológica, sino una práctica colectiva: la decisión activa de no ver. La invisibilización del sufriente es, en el texto, parte constitutiva del pecado del pueblo. No es que el siervo sea irrelevante; es que su presencia resulta intolerable para un orden que necesita negar el dolor que produce.
La
exégesis del cántico del siervo revela que el problema no es simplemente el
sufrimiento vicario —que tanta tinta ha hecho correr en la tradición
dogmática—, sino la incapacidad de la comunidad de reconocer en ese sufrimiento
un lugar de revelación. El siervo no es percibido como portador de sentido; es
considerado “azotado, herido de Dios y abatido” (Is 53,4), es decir,
teológicamente malinterpretado. El pueblo no solo sufre un déficit ético, sino
un error hermenéutico: interpreta el dolor del otro como castigo divino y, por
tanto, como algo que no le compete. Aquí se juega una clave decisiva: esconder
el rostro es siempre también una operación teológica.¹
Desde
esta perspectiva, resulta inevitable interrogar el estado actual del discurso
teológico evangélico, especialmente en su expresión digital. Lo que domina hoy
no es el silencio, sino la saturación discursiva; sin embargo, esa
proliferación de palabras no implica mayor capacidad de discernimiento, sino,
con frecuencia, lo contrario. Las redes sociales han amplificado una forma de
teologizar que convierte la doctrina en identidad performativa: se es
“reformado”, “arminiano”, “bíblico” o “ortodoxo” no tanto como resultado de un
proceso de búsqueda, sino como inscripción en una tribu discursiva. La
teología, así, se desplaza desde su vocación sapiencial hacia una función
marcadamente polémica, donde lo decisivo no es la verdad en su espesor, sino la
victoria en el intercambio.²
Basta
observar el tipo de controversias que generan mayor circulación: discusiones
interminables sobre predestinación, debates reduccionistas sobre la expiación,
acusaciones cruzadas de herejía entre influencers religiosos. No es que estos
temas carezcan de importancia; sería intelectualmente deshonesto afirmarlo. El
problema es su desconexión estructural respecto de la realidad histórica
concreta en la que la fe cristiana está llamada a encarnarse. La cuestión no es
que se discuta teología, sino que se lo haga como si el mundo no estuviera
atravesado por formas sistemáticas de sufrimiento que interpelan directamente
cualquier pretensión de hablar de Dios.
En
este punto, Isaías 53 vuelve a irrumpir con fuerza crítica. El siervo no es una
abstracción doctrinal; es un cuerpo herido en medio de una comunidad que decide
no verlo. Y esa decisión tiene consecuencias teológicas: produce una imagen de
Dios compatible con la indiferencia. Si el sufrimiento del otro puede ser
interpretado como ajeno, como irrelevante o incluso como justificado, entonces
la teología se convierte en una coartada para la omisión. El texto profético,
leído desde su radicalidad, no permite esa comodidad: obliga a reconocer que el
lugar de la revelación no está en la pureza del sistema, sino en la densidad
del dolor histórico.³
La
teología latinoamericana de la liberación comprendió esto con una lucidez que
el evangelicalismo global —en su versión dominante— no ha logrado integrar.
Cuando Gustavo Gutiérrez afirma que la reflexión teológica es una “segunda
instancia” respecto de la praxis histórica, no está proponiendo un
antiintelectualismo, sino una reubicación epistemológica: Dios no se conoce
primariamente en el debate, sino en el seguimiento de su acción en la historia,
particularmente allí donde la vida es negada.⁴ En esa línea, el sufrimiento de
los pueblos no es un “tema social” externo a la teología, sino el lugar desde
donde toda afirmación sobre Dios debe ser juzgada.
Sin
embargo, el ecosistema digital evangélico opera, en gran medida, bajo otra
lógica. La espectacularización del debate favorece lo inmediato, lo polémico,
lo simplificable. La complejidad del sufrimiento histórico —guerras,
desplazamientos, devastación de comunidades enteras bajo dinámicas imperiales
contemporáneas— no se presta fácilmente a ese formato. No produce clips
virales. No se resuelve en una respuesta ingeniosa. Exige tiempo, escucha,
análisis estructural, compromiso. En otras palabras, exige exactamente aquello
que el ritmo de las redes tiende a desincentivar.
El
resultado es una forma de ceguera selectiva. No porque no haya información
disponible, sino porque no es integrada en el proceso teológico. Se puede
discutir durante horas sobre la correcta comprensión de la soberanía divina,
mientras se ignora que esa misma afirmación, situada en contextos de violencia
masiva, puede funcionar como legitimación de la pasividad. Se puede defender
con rigor la centralidad de la Escritura, mientras se evita leer textos como
Isaías 53 en su capacidad de desestabilizar nuestras prácticas. Se puede hablar
de misión, mientras se reduce su alcance a la expansión institucional o al
crecimiento numérico, sin confrontar las condiciones materiales de existencia
de los pueblos a los que se dirige.⁵
Aquí
la crítica no es moralista, sino teológica en sentido estricto. Lo que está en
juego es la fidelidad a la lógica interna de la revelación bíblica. Si Dios se
da a conocer en el siervo sufriente, entonces cualquier teología que
sistemáticamente desatienda el sufrimiento histórico corre el riesgo de
volverse idolátrica: habla de un dios que no es el Dios de las Escrituras, sino
una proyección funcional a nuestras necesidades de certeza y control.
Volver
a Isaías 53 implica, por tanto, una conversión de la mirada. No se trata de
abandonar la reflexión doctrinal, sino de reconfigurar su punto de partida. La
pregunta no puede ser únicamente “¿qué es correcto creer?”, sino “¿desde dónde
estamos creyendo?”. ¿Desde qué cuerpos, desde qué historias, desde qué
silencios? El siervo sigue siendo hoy aquel a quien se le esconde el rostro:
los pueblos desplazados, las víctimas de guerras que responden a intereses
geopolíticos que rara vez nombramos, las comunidades arrasadas por lógicas
económicas extractivas. Nombrarlos no es un gesto político opcional; es una
exigencia teológica.
En
este sentido, la disputa entre calvinistas y arminianos aparece no como
irrelevante en sí misma, sino como desproporcionada cuando ocupa el centro de
la escena en detrimento de cuestiones que afectan la vida misma. La tradición
cristiana ha sabido sostener tensiones doctrinales durante siglos sin perder de
vista que el seguimiento de Cristo implica una praxis concreta. Lo que resulta
problemático hoy no es la existencia de debate, sino su absolutización en un
contexto que demanda discernimientos mucho más urgentes.
Isaías
53 desbarata cualquier intento de neutralidad. El siervo no permite una
teología aséptica. Obliga a elegir entre mirar o no mirar, entre reconocer o
negar, entre dejarse afectar o preservar la propia comodidad. Es, en última
instancia, un texto que desenmascara no solo nuestras ideas sobre Dios, sino
nuestras prácticas de invisibilización.
Quizás
la pregunta más honesta que podemos hacernos no es si estamos diciendo cosas
correctas sobre Dios, sino a quiénes estamos dejando fuera de nuestro campo de
visión mientras las decimos. Porque, como sugiere el profeta, el problema nunca
fue la falta de información, sino la decisión de esconder el rostro.
Y
esa decisión, ayer como hoy, sigue siendo profundamente teológica.
Notas
- Claus Westermann, Isaiah 40–66: A Commentary (Philadelphia:
Westminster Press, 1969), 259–263.
- Byron R. Johnson, Heidi A. Campbell y Paul A. Soukup,
“Understanding Religious Authority in the Internet Age,” Journal of the
American Academy of Religion 78, no. 4 (2010): 1030–1055.
- Walter Brueggemann, Theology of the Old Testament
(Minneapolis: Fortress Press, 1997), 693–697.
- Gustavo Gutiérrez, Teología de la
liberación: Perspectivas (Lima: CEP, 1971), 11–15.
- C. René Padilla, Misión integral:
Ensayos sobre el Reino y la Iglesia (Buenos Aires: Nueva Creación,
1986), 23–35.

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