En estos últimos meses han aparecido en las noticias
historias que hace veinte años habrían parecido una broma. Personas que se
identifican como animales: lobos, zorros, gatos, cuervos. Se llaman therians.
No se disfrazan necesariamente, sino que afirman que su identidad interior
pertenece a otra especie.
En paralelo, otro fenómeno cultural sigue creciendo:
los cosplayers. Personas que adoptan la estética, vestuario y
personalidad de personajes ficticios o históricos. Se visten como samuráis,
héroes de anime o guerreros medievales. Durante un rato, habitan otra
identidad.
Todo esto suele presentarse como una señal de la
crisis contemporánea de identidad. Ya no sabemos muy bien quiénes somos, y por
eso muchos terminan buscando una identidad en otra parte: en un animal, en un
personaje, en un pasado imaginado.
Pero antes de que la iglesia mire estas cosas con
demasiada superioridad moral, conviene hacer una pregunta incómoda:
¿Estamos seguros de que en la iglesia no
tenemos también nuestros propios therians y cosplayers?
Porque si uno observa con un poco de atención pastoral… el zoológico eclesial es bastante amplio.
Los therians de iglesia
El primero, muy conocido, es el therian sapo.
Es el hermano o hermana que pasa la vida “sapear”
los pecados ajenos.
Tiene un radar espiritual extraordinario para detectar lo que hacen los demás.
—“Hermano, ¿supiste lo que hizo fulano?”
—“Hermana, hay que orar por ella… pero te cuento para que sepas…”
Curiosamente, su don profético nunca se activa para
examinar su propio corazón.
Luego tenemos al therian perro guardián.
No evangeliza, ladra.
No pastorea, muerde.
Su misión en la vida es proteger la pureza doctrinal
de la iglesia como si fuera un portón celestial.
No conversa: gruñe versículos.
No dialoga: lanza citas bíblicas como si fueran piedras.
Uno sospecha que si el apóstol Pablo apareciera hoy en
su congregación… lo acusaría de liberal antes de terminar Romanos capítulo uno.
También está el therian búho.
Este es fascinante.
Es el creyente que vive permanentemente en modo
experto.
Siempre tiene un libro bajo el brazo, un comentario griego en el bolsillo y una
corrección teológica lista para disparar.
El problema es que el búho eclesial lo sabe todo…
excepto amar.
Cita a Calvino, Turretin y Bavinck con una precisión
admirable, pero cuando alguien sufre… se queda mirando desde la rama,
parpadeando lentamente.
Y no olvidemos al therian gallo espiritual.
Ese que canta fuerte cada mañana sobre su fidelidad,
su santidad y su doctrina impecable.
Hasta que llega el momento incómodo de la prueba…
y entonces el gallo descubre que también sabe negar tres veces antes de que
cante el amanecer.
Como se ve, la iglesia también tiene su fauna.
Pero curiosamente, el problema más complejo no son los
therians.
Son los cosplayers.
Los cosplayers de iglesia
El cosplayer eclesial no quiere ser un animal.
Quiere ser un cristiano del siglo XVI.
Lo fascinante es que vive en el año 2026, usa
smartphone, paga con tarjeta, escucha podcasts… pero su imaginación teológica
habita permanentemente en 1563.
Su sueño espiritual es hablar como si estuviera en un
sínodo de Ginebra.
Si pudiera, usaría sombrero puritano para ir al culto.
En la iglesia contemporánea estos cosplayers adoptan
muchas formas.
Están los reformados.
Luego los reformados más reformados que los
reformados.
Luego los bautistas reformados.
Luego los pentecostales reformados
Y finalmente aparecen los reformados reformados
reformados, que dedican la mitad de su vida a explicar por qué los otros
reformados no son realmente reformados.
Uno podría pensar que la Reforma fue un movimiento
espiritual poderoso para recuperar el evangelio.
Pero algunos cosplayers parecen creer que fue una
cápsula del tiempo.
Y su misión es congelar la iglesia exactamente en ese
momento histórico.
Curiosamente, cuando hablan del Espíritu Santo suelen
hacerlo en pasado.
Y cuando hablan del presente… lo hacen con una mezcla
de sospecha y nostalgia.
Como si el Espíritu hubiera decidido jubilarse en el
siglo XVII.
El pequeño detalle que olvidamos
Lo irónico es que Jesús nunca invitó a nadie a
convertirse en un animal espiritual.
Tampoco invitó a nadie a convertirse en una réplica
histórica.
No dijo:
“Venid en pos de mí y os haré reformados del siglo
XVI”.
Tampoco dijo:
“Venid en pos de mí y os haré guardianes doctrinales
que gruñen versículos”.
Dijo algo mucho más simple y mucho más peligroso:
“Sígueme.”
Seguir a Cristo no es transformarse en sapo, perro,
búho o gallo espiritual.
Tampoco es convertirse en un actor religioso
interpretando una fe de otra época.
El llamado del evangelio es más incómodo que eso.
Es convertirse, lentamente, en personas reales.
Personas capaces de arrepentirse.
De aprender.
De amar.
De cambiar.
Porque al final, entre tanto therian y tanto
cosplayer, uno sospecha que hemos olvidado la pregunta más básica del
discipulado:
¿No se suponía que la idea era parecernos
a Cristo?
Y eso, curiosamente, no requiere disfraz.
Solo requiere vida.

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