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Confesiones de un ateo político en día de cambio de mando


 Soy hijo de la decepción histórica. Pertenezco a una generación que vio caer el muro de Berlín en televisión a todo color mientras los adultos celebraban el supuesto triunfo definitivo de un sistema sobre otro. Aquella escena parecía anunciar el fin de las ideologías y el comienzo de una nueva era de prosperidad. Sin embargo, con el paso de los años comprendimos algo distinto. Después del muro vinieron otras crisis: crisis económicas, crisis sociales, crisis de legitimidad. Promesas grandiosas que terminaron revelándose frágiles, parciales o simplemente falsas.

Tal vez por eso mi relación con la política siempre ha estado marcada por una cierta sospecha. No una sospecha cínica ni nihilista, sino una sospecha aprendida lentamente, casi como una disciplina espiritual. La teología me ayudó a cultivar esa sospecha. Porque una de las primeras cosas que aprende quien estudia seriamente la fe cristiana es que los seres humanos tenemos una extraordinaria capacidad para convertir cualquier cosa en ídolo. El poder, la nación, la ideología, el mercado o el Estado pueden terminar ocupando el lugar que pertenece únicamente a Dios.

Juan Calvino lo dijo con una crudeza que todavía resuena hoy: el corazón humano es una “fábrica perpetua de ídolos”¹. Siempre estamos produciendo nuevos absolutos, nuevas esperanzas totales, nuevos salvadores colectivos. La política moderna no escapa a esa lógica. Con frecuencia se presenta como un camino de redención histórica, como la posibilidad de resolver de una vez por todas las injusticias humanas mediante un proyecto ideológico correcto, un líder providencial o una estructura económica supuestamente perfecta.

Pero la historia suele ser menos generosa con esas promesas.

Las ideologías que prometen el paraíso en la tierra suelen terminar produciendo, en la práctica, algo bastante diferente: un infierno cotidiano para la gente común y un pequeño nirvana para quienes administran el poder, los partidos o los negocios que crecen a su sombra. La experiencia del siglo XX —y también del XXI— está llena de ejemplos de este fenómeno.

Con el tiempo aprendí a desconfiar de toda idea política que exija de mí algo parecido a la fe. Porque la fe pertenece a Dios, no a los programas de gobierno.

Por eso mi esperanza política hoy no es mesiánica. Nadie vendrá a salvarnos como nación desde la izquierda ni desde la derecha. No existe un Reino de los Cielos administrado por partidos políticos. No existe una Jerusalén celestial que pueda ser aprobada por mayoría parlamentaria.

La tradición cristiana clásica ha sido sorprendentemente lúcida en este punto. Martín Lutero hablaba de los “dos reinos”: el reino de Dios y el reino del mundo. El primero se gobierna por el Evangelio; el segundo por instituciones humanas siempre imperfectas². Cuando confundimos ambos reinos, cuando esperamos que la política nos ofrezca la salvación que pertenece al Evangelio, lo que obtenemos es algo muy distinto: una forma de religión secular.

Y toda religión política termina produciendo fanatismo.

Quizás por eso, con los años, he terminado confesando algo que suena provocador pero que para mí describe con bastante precisión mi posición actual: soy un ateo político.

Soy ateo del dios de los partidos.
Ateo de las ideologías redentoras.
Ateo de los mesianismos baratos.
Ateo de los caudillismos que prometen salvar al pueblo mientras terminan sirviéndose a sí mismos.

No encuentro salvación ni para mi bolsillo ni para mi alma en las liturgias del poder.

El teólogo reformado Herman Bavinck lo expresó con claridad cuando afirmó que ninguna estructura política puede redimir la condición humana, porque el pecado atraviesa todas las instituciones sociales³. Ningún sistema logra escapar completamente a esa realidad. Todos los proyectos políticos, incluso los más nobles, terminan mostrando tarde o temprano sus límites.

Entonces aparece la pregunta inevitable: si no creemos en la salvación política, ¿en qué creemos?

La respuesta que he ido descubriendo con el tiempo es más humilde, pero también más exigente. Creo en algo que hoy parece incluso más utópico que muchas ideologías: creo en la ciudadanía.

Creo en la participación de las personas comunes en las decisiones de su comunidad. Creo que cuando las personas participan, la comunidad aprende. Cuando participa, se equivoca. Cuando participa, corrige. Y en ese proceso lento, imperfecto y profundamente humano, la sociedad se vuelve más consciente de sí misma.

Creo en el sentido común de la calle. Creo en la gente que vive el país real, la gente que trabaja, cría hijos, paga cuentas, sufre frustraciones y también celebra pequeñas alegrías. Creo en las personas que piensan, sienten y padecen la vida social desde abajo y no desde los balcones del poder.

Por eso me confieso ateo de las élites. Ateo de las ideologías absolutas. Ateo de los relatos heroicos que prometen redimir la historia desde arriba.

Pero no soy ateo de las personas.

Creo en la capacidad de la comunidad para aprender a gobernarse. Creo en la conversación pública. Creo en la crítica ciudadana. Creo en la vigilancia democrática del poder.

Tal vez esta visión sea menos espectacular que las promesas ideológicas. No ofrece paraísos inmediatos ni soluciones mágicas. Pero tiene una virtud importante: es profundamente humana.

Curiosamente, esta intuición no está tan lejos del corazón del Evangelio. Jesús nunca prometió que un sistema político salvaría al mundo. Su enseñanza ética más profunda fue algo mucho más simple y, al mismo tiempo, más radical: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

Tal vez allí se encuentre el principio más básico de toda política pública decente. Amar a tu comunidad como a ti mismo. No explotarla. No manipularla. No dominarla. Amar la ciudad, amar a la gente que la habita, asumir la responsabilidad compartida de su destino.

Pero este camino es difícil. Y precisamente por eso muchos prefieren evitarlo. Es mucho más cómodo esperar un salvador político que asumir la responsabilidad cotidiana de la ciudadanía. Es más fácil depositar la esperanza en líderes providenciales que participar activamente en la construcción imperfecta de la vida pública.

Sin embargo, las democracias maduras no se construyen con mesías. Se construyen con ciudadanos.

Ciudadanos que sospechan del poder.
Ciudadanos que vigilan a las élites.
Ciudadanos que recuerdan que ningún gobierno es sagrado.

Quizás el verdadero comienzo de una política sana sea precisamente ese: el momento en que dejamos de creer en salvadores políticos.

Tal vez esa decepción sea el primer paso hacia una forma más adulta de esperanza.

Una esperanza que no nace de los discursos presidenciales ni de las ceremonias del poder, sino del lento trabajo de las personas comunes que, día tras día, siguen intentando vivir juntas de manera un poco más justa.

Por eso hoy, en este día de cambio de mando, mi confesión es simple.

No creo en los dioses de la política.

Creo en la gente.

Y con esa pequeña esperanza ciudadana, que es mucho menos grandiosa que las promesas ideológicas pero mucho más real que ellas, solo queda decir:

Chao, Boric.

 

 




Notas

  1. Juan Calvino, Institución de la religión cristiana, I.11.8.
  2. Martín Lutero, Sobre la autoridad secular: hasta dónde se le debe obediencia, en Obras de Martín Lutero (Madrid: Ediciones Sígueme, 1977).
  3. Herman Bavinck, Reformed Dogmatics, vol. 3 (Grand Rapids: Baker Academic, 2006).

 

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