Hoy hemos recibido ceniza en la frente. No es un gesto decorativo ni una tradición antigua que repetimos por costumbre. Es una palabra que se nos impone sobre la piel: “Polvo eres y al polvo volverás.”¹ Esa frase, lejos de humillarnos, nos devuelve a la verdad. Nos recuerda que somos frágiles, que no controlamos la historia y que nuestra vida —tan breve como el polvo que el viento dispersa— depende radicalmente de Dios.
Pero la ceniza no sólo nos habla de nuestra pequeñez; nos introduce en un camino de conversión. Y la conversión bíblica no es un simple ajuste moral. Es volver el corazón hacia el Dios que escucha el clamor de los oprimidos. Desde el Éxodo sabemos que el Señor no es indiferente al sufrimiento humano: “He visto la aflicción de mi pueblo… y he oído su clamor.”²
Hoy ese clamor tiene acento latino. Tiene rostro migrante. Tiene manos cansadas.
Las noticias sobre abusos contra inmigrantes en Estados Unidos, las redadas del ICE, las detenciones dentro de templos, las familias separadas, no son hechos aislados. Son signos de un mundo herido donde el extranjero vuelve a ser sospechoso y donde la pobreza se criminaliza. A esto se suman guerras económicas que asfixian a pueblos enteros, que empujan a millones a migrar y que convierten la supervivencia en delito.
Frente a este escenario, la ceniza adquiere una densidad nueva. No sólo recuerda que somos polvo; nos pregunta de qué lado estamos cuando el polvo es pisoteado.
El profeta Isaías, en un texto que la Iglesia suele leer en Cuaresma, advierte que el ayuno que agrada a Dios no es el rito vacío, sino “desatar las ligaduras de impiedad… compartir el pan con el hambriento y hospedar al pobre errante.”³ La conversión auténtica tiene consecuencias sociales. No es intimismo espiritual; es reorientación concreta de la vida.
Gustavo Gutiérrez lo expresó con claridad: hablar de Dios desde la fe cristiana implica hablar de Él desde el sufrimiento histórico de los pobres.⁴ La opción por los pobres no es ideología; es fidelidad al Dios revelado en la Escritura. Pero esta convicción no pertenece sólo a la teología latinoamericana. Dietrich Bonhoeffer, desde el corazón protestante europeo, afirmó que la Iglesia sólo es Iglesia cuando existe para los demás, especialmente para quienes sufren.⁵ Y John Wesley insistía en que no hay santidad que no sea social, que la gracia recibida se verifica en el amor activo hacia el prójimo.⁶
Miércoles de Ceniza, entonces, no es retiro del mundo; es entrada más profunda en él. No es huida; es lucidez.
Cuando Jesús proclama en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí… me ha enviado a anunciar buenas nuevas a los pobres,”⁷ está definiendo el horizonte de su misión. Y ese horizonte no ha cambiado. Seguir a Cristo implica asumir que su Reino entra en tensión con toda forma de poder que deshumaniza. Por eso Carlos Mesters afirmaba que el Evangelio leído desde los pobres deja de ser neutral y se vuelve palabra incómoda.⁸
En un tiempo en que el discurso religioso puede ser instrumentalizado para justificar muros, exclusiones o nacionalismos cerrados, la ceniza nos devuelve al centro: somos polvo redimido por un Dios que se hizo carne. No un Dios lejano, sino uno que conoció el exilio en Egipto, la marginación en Galilea y la violencia del imperio en la cruz.
La cruz, que algunos intentan domesticar como símbolo cultural, fue en su origen el castigo de los descartables. Jesús murió como migrante interno, como sospechoso político, como cuerpo desechable del sistema. Y es precisamente ahí donde Dios revela su gloria.
Por eso la Cuaresma no puede reducirse a prácticas devocionales privadas mientras el mundo arde. John Stott recordaba que la cruz no sólo nos reconcilia con Dios; nos reconcilia también unos con otros y nos envía a vivir bajo el señorío de Cristo en todas las dimensiones de la vida.⁹ No existe discipulado auténtico que ignore la injusticia estructural.
Hoy, mientras la ceniza marca nuestra frente, el Espíritu nos pregunta: ¿qué significa convertirnos en este contexto? Convertirse es dejar de mirar el sufrimiento como noticia lejana. Es negarse a normalizar el abuso. Es interceder, denunciar cuando sea necesario, acompañar, organizar, servir. Es recordar que la Iglesia no es un club espiritual sino una comunidad enviada.
Somos polvo. Sí. Pero polvo habitado por el Espíritu.
Y tal vez el gesto más profético que podemos hacer en este Miércoles de Ceniza es unir nuestro arrepentimiento personal con el clamor colectivo de quienes buscan liberación. Llorar con los que lloran. Defender al extranjero. Practicar hospitalidad. Ser sal y luz no en discursos, sino en decisiones concretas.¹⁰
Que esta Cuaresma nos devuelva al Cristo real.
Al Cristo que escucha el clamor.
Al Cristo que camina con los migrantes.
Al Cristo que incomoda al poder y consuela al herido.
Y que la ceniza no sea sólo polvo en la piel,
sino memoria viva del Evangelio.
Notas
1. Génesis 3:19.
2. Éxodo 3:7.
3. Isaías 58:6–7.
4. Gustavo Gutiérrez, Teología de la liberación. Perspectivas (Salamanca: Sígueme, 1975), 36–45.
5. Dietrich Bonhoeffer, Vida en comunidad (Salamanca: Sígueme, 2003), 17–18.
6. John Wesley, “The Nature of Enthusiasm,” en The Works of John Wesley, vol. 5 (Grand Rapids: Baker, 1979), 467–468.
7. Lucas 4:18–19.
8. Carlos Mesters, Flor sin defensa (Santander: Sal Terrae, 1985), 19–23.
9. John Stott, La cruz de Cristo (Barcelona: Certeza Unida, 2007), 275–281.
10. Mateo 5:13–16; Romanos 12:15.
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